La fenomenología hermenéutica como método de investigación
La fenomenología interpretativa o hermenéutica fue propuesta por Martín Heidegger en 1927 como una metodología filosófica para descubrir el significado del ser o existencia de los seres humanos, es decir, lo que significa ser una persona y cómo el mundo es inteligible para los seres humanos.
El aporte de la perspectiva hermenéutica en la práctica fenomenológica implica un cambio, desde las primitivas pretensiones fenomenológicas originales*1 de una verdad a-histórica, a un conocimiento que supone una pre-comprensión.
La hermenéutica contempla el hecho de que la comprensión la realiza un sujeto histórico que parte de unas determinadas condiciones espacio-temporales, que posee determinada cultura y cuya subjetividad está cultural e históricamente configurada, que posee una memoria cultural constituida por valores, teorías, mitos, tradiciones, etc. y por ende, que ninguna comprensión se da en “estado puro”, más allá de una previa pre-comprensión. Así pues, la fenomenología hermenéutica supera la pretensión husserliana de un saber enteramente sin supuestos y asume la temporalidad de ambos polos del proceso de comprensión: el hecho a interpretar y el intérprete. Es preciso, así, librarse de los falsos prejuicios para destacar aquellos otros prejuicios que ofrecen el camino de la comprensión verdadera, y para que ello se dé óptimamente, es ideal la presencia de una instancia histórica. Esta visión permite fundamentar las diversas formas de la experiencia humana, entre las cuales tiene particular importancia, en este caso, su aplicación a la experiencia arquitectónica.
1.Pretensión originaria dada por Husserl, que estuvo muy influido por Descartes, quien aspiraba a librarse de todo prejuicio y arribar a la certidumbre, absoluta y universal por a-histórica, de la verdad matemática, verdad que no es relativa a un sujeto histórico, ni a ningún momento histórico dado. Célebre ejemplo de la aspiración cartesiana de desarraigarse de las circunstancias contingentes de la experiencia personal (de su Alltaglichkeit, como dirá Heidegger, es decir, de su cotidianidad) es la auto certeza del sujeto pensante, pura res cogitans, expresada en el “Cogito ergo sum”.Http://rehue.csociales.uchile.cl/publicaciones/moebio/03/frames48.htm
Fundamentos*1
1-Los seres humanos tienen un mundo que es diferente al ambiente, la naturaleza o el universo donde viven. Este mundo esta compuesto por un conjunto de relaciones, prácticas y compromisos adquiridos en una cultura, un mundo dado por nuestra cultura y lenguaje que hace posible el entendimiento de nosotros mismos y de los demás. Habilidades, significados y prácticas tienen sentido gracias al mundo compartido dado por la cultura y articulado por el lenguaje.
2-La persona como un ser para quien las cosas tienen significados. El significado de las cosas se basa en las distinciones cualitativas reconocidas por la persona en su vida diaria, las cuales son moldeadas por la cultura y el lenguaje. La manera fundamental de vivir las personas en el mundo es a través de la actividad práctica. Heidegger describe dos modos en los cuales los seres humanos están involucrados con el mundo. El primero es aquel en el cual las personas están completamente involucradas o sumergidas en la actividad diaria sin notar su existencia. El segundo modo es aquel en el cual las personas son concientes de su existencia. Por ejemplo, el hecho concreto de la estación de Pirayú en la vida diaria del ciudadano, el cual toma conciencia de su materialidad al preguntársele:
-“¿Qué pensaría si alguien viniese a derrumbarlo?”. Es entonces cuando sale a la luz el valor de dicha estación, su significancia para el ciudadano: “¡No!. Porque Pirayú ya no sería lo mismo sin la estación”. El significado de la estación cambia con el contexto y el entendimiento que el ciudadano tenga de ese entorno.
3-La persona es un ser auto-interpretativo, porque las cosas son importantes para ella. Cuando los seres humanos expresan y actúan frente a aquello con lo que ellos están comprometidos o les interesa, toman una posición sobre lo que son.
4-La persona como corporalidad, donde el cuerpo no esta separado de la mente. Cuerpo y mente se encuentran en constante interrelacionamiento: más que tener un cuerpo, la persona es corporal.
5-La persona como ser temporal, concibiéndola como ser en el tiempo. Este tiempo no es el lineal, o la sucesión infinita de ahoras, sino el tiempo concebido como constitutivo del ser o existencia. El tiempo lineal dificulta concebir la continuidad o la transición; hace creer que las cosas y los seres son estáticos y atemporales. El tiempo es una dimensión del ser, de la existencia, que resulta de la relación del ser con las cosas. Entre las cosas, el futuro no es aún, el pasado ya no es y solamente el presente es y está en constante devenir.
1.La fenomenología interpretativa como alternativa apropiada para estudiar los fenómenos humanos. Edelmira Castillo Espitia. Http:enfermeria.udea.edu.co/revista/mar2000/#Nota
La vigencia de la obra arquitectónica es susceptible de obsolencia, condición natural según Walter Benjamin.
Esta susceptibilidad de obsolescencia de la obra arquitectónica no solo es relativa a la acción del desgaste del tiempo sobre la vigencia de la misma, sino que también es propia de la obra arquitectónica por su estructura ontológica, es decir, por las cualidades esenciales propias de su materialidad y de su modo de recepción.
Walter Benjamín, en su ensayo de 1936 “La obra de arte en la era de su reproductibilidad técnica”, ya señalaba esta caracterización. En dicho escrito habla de dos tipos de recepción, recepción táctil distracción y recepción óptica contemplación*1.
En la cuestión específica de la arquitectura, se tiene una doble recepción, donde la recepción táctil es la constante y la óptica se da eventualmente, generalmente en los inicios de la existencia de la obra arquitectónica, cuando, por su novedad, reclama atención.
La constancia de la recepción táctil o distraída se da teniendo en cuenta, dice Benjamín, que las leyes de su recepción (las de la obra arquitectónica) siguen el criterio de la dispersión, de la desatención, principalmente por estar hecha esencialmente para la vivencia del hombre. El edificio es ante todo habitación o vivienda y no espectáculo. Una recepción dada por el uso, por los medios táctiles que implica el habitar, es decir, sentir con todo el cuerpo por medio de los sentidos el meterse dentro de la obra, es lo propio de la arquitectura. Condición de tipo lineal-rutinario que hace que la obra en sí pase desapercibida para los habitantes, quienes la dan por sentada, perdiéndose así la capacidad de asombro que requiere el arte para pasar al primer plano de la atención en la recepción óptica.
La recepción óptica, es decir, la recepción por la percepción donde uno se coloca frente a la obra arquitectónica y fija en ella su atención, implicando mayor concentración de la atención, actitud dada en algunos visitantes que se quedan contemplando los edificios célebres, toman fotografías, etc., es una cuestión eventual. En el caso de los edificios patrimoniales, por ejemplo la Estación de Pirayú, teniendo en cuenta los valores intrínsecos que reflejan un determinado tiempo y espacio, maneras de vivir y sentir, en un tiempo diferente, el tiempo actual, la recepción óptica se encuentra presente.
En síntesis, la susceptibilidad de obsolencia de la vigencia en el caso específico de la Estación de Pirayú no sólo está dada por el paso del tiempo o por la falta de interés o de conocimiento, por partedel gobierno o los ciudadanos, sino por una de la estructura ontológica de la obra arquitectónica. La recepción táctil o distraída se da y se ha dado en dos momentos históricos diferentes. El primero, en momentos del funcionamiento del sistema ferroviario, donde la estación representó el escenario para la realización de las actividades como telón de fondo en la vida de los consumidores de espacios. Y actualmente, considerando la estación como elemento dentro de la configuración urbana, se la supone como elemento indiferente de un hábito más en la ciudad: el de pasar frente al edificio casi sin verlo, sintiéndolo como cosa rutinaria, como parte del escenario de la vida de todos los días, sin fijar en el una atención concentrada. Esto no es meramente resultado de la ignorancia de la ciudadanía o del desgaste del tiempo, sino característica estructural de la obra arquitectónica como tal. Lo que este proyecto intenta no es hacer de la estación objeto de contemplación “óptica”, a la manera de objeto museístico, sino devolverle su vitalidad originaria pura, volver a hacer de él protagonista de los intercambios sociales de la vida de la comunidad.
1.La recepción táctil es la relación de la opinión común con el arte, de aquellos que buscan en el arte distracción y nada más. Dicha recepción se caracteriza por la manera distraída, propia de la masa, de absorber la obra en su acción, la de integrarla al flujo vital de sus movimientos; el de no perder tiempo en la contemplación. El pone como ejemplos la forma en que el espectador contempla la pantalla de cine y la forma en que el espectador contempla-el lienzo. En el primer caso, la masa busca en el cine la distracción; todos están atentos a los efectos de la trama, ya sea suspenso, risa, etc. Lo cambiante de la imagen, que jamás se fija, impide al espectador detenerse en ella y entregarse a la contemplación. Mientras que, en el segundo caso, ante el lienzo son más posibles el recogimiento y la contemplación, donde se deja volar la imaginación y el conocedor se sumerge dentro de la obra.
La arquitectura como generadora de acontecimiento. Origenes de la teoria. el acontecimiento deleuzziano.
La noción deleuziana de ”acontecimiento” procede del concepto heideggeriano de Ereignis, lo que pasa, lo que acontece, lo que ocurre.
Heidegger considera un error de la metafísica concebir el ser como algo estático, según el modelo del ente, es decir, como lo que “es”, en presente verbal, siempre como algo quieto, como una cosa fuera del mundo “aparencial” del devenir. Lo que existe es ese mundo, un mundo de movimientos, de historias, de tiempo. El ser es tiempo, el ser se mueve en el sentido de un infinitivo: existir, nacer, morir.
La noción de Ereignis, del darse del ser en la historia como acontecimiento, Deleuze la toma como base para el desarrollo de su propia idea de acontecimiento en su libro La lógica del sentido.
Si un cuerpo produce un efecto sobre otro cuerpo, este efecto no es otro cuerpo ni otra cosa; tales efectos no son cosas, dice Deleuze, son seres incorpóreos, son “acontecimientos”. No se puede decir que lo producido exista en la plenitud del ser, de la existencia expresada en el presente verbal, en el es, que corresponde a las cosas y a los cuerpos; estos efectos no son presentes verbales, sino infinitivos, es decir, no son, sino que devienen, siendo el devenir el tiempo en movimiento. Tal como lo define San Agustín de Hipona: “el tiempo no existe, porque el pasado ya no es, el futuro todavía no es y el presente todo el tiempo está dejando de ser, ese estar permanentemente “dejando de ser” es el devenir, y Deleuze de esta manera lo opone al ser estático. Por lo que el tiempo puede ser entendido como presente, como “es” en los cuerpo y en las cosas sólidas y concretas (al menos en apariencia), pero también como momentos infinitamente divisibles en pasado y futuro de los efectos incorpóreos que resultan de los cuerpos.
Deleuze cita a Emile Bréhier filósofo francés e historiador de la filosofía- que habla, coincidiendo con la idea de los estoicos, y dice: “cuando el escalpelo corta la carne, lo que el primer cuerpo produce sobre el segundo no es una propiedad nueva, sino un nuevo atributo, el de ser cortado”. Este nuevo atributo no designa ninguna cualidad real. No es un ser, sino una manera de ser; no es un ser fijo, sino una manera de ser que tiene el ser de estar siendo (un constante movimiento). No pudiendo, esta manera de ser, influir definitivamente en su naturaleza, por encontrarse en la superficie del ser, por representar simplemente un resultado, un efecto que no puede ser considerado en la categoría del ser.
Por lo que Deleuze llama “acontecimiento” al “devenir-loco” que no se consolida nunca en un punto, que no se detiene, al devenir ilimitado, a lo que no se fija en el presente verbal. El acontecimiento infinitamente divisible, que no es nunca presente, sino pasado y futuro a la vez eternamente lo que acaba de pasar y lo que va a pasar.
Relación entre el concepto de acontecimiento y la arquitectura.
A primera vista pareciera no tener ninguna relación la noción de acontecimiento deleuziana con la obra arquitectónica; el acontecimiento en Deleuze es considerado como una idea más bien del “devenir-loco” como algo que no permanece estático en un solo punto, como lo que no se fija en el presente verbal del “es”, al que sólo conviene la subsistencia o la insistencia, más que la existencia. Características que sólo se ajustan a lo que no es ni cuerpo ni cosa.
La obra arquitectónica, en cambio, es primariamente considerada como estructura material; es una existencia propiamente dicha, pero esto no implica, pese a tratarse desde este punto de vista de un elemento objetivo, que quede privada de la posibilidad de un enfoque de sí misma como experiencia subjetiva. Tal como lo dice Ignasi de Solá Morales, al tratar de explicar la arquitectura no se lo debe hacer arbóreamente, “como ramas de un árbol, que crecen de un tronco común y se alimentan de sus raíces en un suelo propio” -tan mecánicamente-. “La Arquitectura no es un árbol continúa de Solá Morales-, sino un acontecimiento, resultante de cruces de fuerzas capaces de dar lugar a un objeto significante..”*1.
Entonces, tenemos que la relación de la arquitectura, del lugar, con la noción de acontecimiento deleuziano y también con el enfoque de la fenomenología hermenéutica, tiene el sentido de la arquitectura “vivida”, no como algo puesto fuera de la subjetividad, como un objeto externo desde un afuera sin relación con el sujeto. Por lo que la arquitectura existe desde su vivencia, a partir de la subjetividad del sujeto que lo vive, siendo ésta la forma en que la arquitectura acontece, y acontece dentro de la subjetividad del sujeto. Por lo tanto no sólo se trata de una estructura estable, sino de una arquitectura mutable, que se transforma, que deviene, y así tenemos que la percepción de la arquitectura, a lo largo de las sucesivas generaciones, y a nivel individual a lo largo de la propia existencia en el lugar, cambia; ésta es la forma en que el hecho arquitectónico se transforma.
“El acontecimiento también es un punto de encuentro, una conjunción de líneas de recorrido ilimitado, que se entrecruzan con otras, creando puntos nodales de una intensidad emergente. Finalmente, el acontecimiento es una aprehensión, el resultado de la acción de un sujeto que, en el fluir caótico de los acontecimientos, atrapa lo que más le atrae o más lo conmueve para retenerlos. Es una acción subjetiva.”*2
1. De Solá Morales, Ignasi, Diferencias. Topografía de la arquitectura contemporánea, Barcelona, Editorial Gustavo Gili, S. A., 1995. Pág. 14-15.
2. De Solá Morales, Ignasi, Diferencias. Topografía de la arquitectura contemporánea, Barcelona, Editorial Gustavo Gili, S. A., 1995. Pág. 122.
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